Devoción de los Siete Domingos de san José

La Iglesia, siguiendo una antigua costumbre, prepara la fiesta de San José, el día 19 de marzo, dedicando al Santo Patriarca los siete domingos anteriores a esa fiesta en recuerdo de los principales gozos y dolores de la vida de San José. En concreto, fue el Papa Gregorio XVI quien fomentó la devoción de los siete domingos de San José, concediéndole muchas indulgencias; pero S.S. Pío IX les dio actualidad perenne con su deseo de que se acudiera a San José, para aliviar la entonces aflictiva situación de la Iglesia universal.

 


DOMINGO Primero

V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

R/. Amén.

 

Mt 1, 18-21, 24-25.

La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: “José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer. Y sin haberla conocido, dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús.

­- Glorioso San José, Esposo de la Virgen María: A la manera que fue grande la angustia y el dolor de tu corazón en la duda de abandonar a tu Purísima Esposa, así fue inexplicable tu alegría cuando te fue revelado por el ángel el Misterio soberano de la Redención.

– Por este dolor y gozo te rogamos nos consueles en las angustias de nuestra última hora y nos concedas una santa muerte, después de haber vivido una vida semejante a la tuya en medio de Jesús y de María.

– Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

V/. Sé siempre, San José, nuestro protector.

R/. Que tu espíritu interior de paz, de silencio, de trabajo y oración, nos ayude, con María, la Madre de Jesús, a cumplir fielmente nuestra misión en la Iglesia.

V/. Ruega, por nosotros, San José.

R/. Para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Oremos:

Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José; concédenos, te rogamos, lo que fiados en su poderosa intercesión, humildemente, te pedimos. Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.


 

DOMINGO Segundo

 

V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

R/. Amén.

 

Lc 2, 4-11, 15-18

José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y le recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada.

En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. De repente, un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: “No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la cuidad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y sucedió que, cuando los ángeles se marcharon al cielo, los pastores se decían unos a otros: “Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado”. Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores.

– ¡Patriarca San José, elegido para cumplir los oficios de Padre cerca del Verbo Humanado! Grande fue tu dolor al ver nacido a Jesús en tan extrema pobreza, el cual súbitamente se trocó en júbilo celestial al oír cantar a los ángeles y contemplar el resplandor de tan luminosa noche.

– Por este dolor y gozo te suplicamos nos alcances la gracia de que, después de haber seguido tu camino aquí en la tierra, podamos gozar de la gloria celestial.

– Padrenuestro, Avemaría, y Gloría.

V/. Sé siempre, San José, nuestro protector.

R/. Que tu espíritu interior de paz, de silencio, de trabajo y oración, nos ayude, con María, la Madre de Jesús, a cumplir fielmente nuestra misión en la Iglesia.

V/. Ruega, por nosotros, San José.

R/. Para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Oremos:

Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José; concédenos, te rogamos, lo que fiados en su poderosa intercesión, humildemente, te pedimos. Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.


 

DOMINGO Tercero

 

V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

R/. Amén.

Lc 2, 21.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

– ¡Glorioso San José, ejecutor obediente de la Ley de Dios! La Sangre preciosa que en la Circuncisión derramó el divino Redentor te traspasó el corazón; pero el Nombre de Jesús, que le fue impuesto, te llenó de consuelo.

– Por este dolor y gozo te rogamos que nos obtengas la gracia de que, quitado de nuestro corazón todo vicio en la vida, tengamos la dicha de morir con el Santísimo Nombre de Jesús en los labios y en el corazón.

– Padrenuestro, Avemaría y Gloría.

 

V/. Sé siempre, San José, nuestro protector.

R/. Que tu espíritu interior de paz, de silencio, de trabajo y oración, nos ayude, con María, la Madre de Jesús, a cumplir fielmente nuestra misión en la Iglesia.

V/. Ruega, por nosotros, San José.

R/. Para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Oremos:

Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José; concédenos, te rogamos, lo que fiados en su poderosa intercesión, humildemente, te pedimos. Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.


 

DOMINGO Cuarto

 

V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

R/. Amén.

 

Lc. 2, 22-24, 25-35

Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”.

Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él.

Impulsado por el Espíritu fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: “Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción, -y a ti misma una espada te traspasará el alma- para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones”.

– ¡Glorioso San José que tan gran parte tuviste en los misterios de nuestra Redención! Grande dolor sentiste al saber por la profecía de Simeón que Jesús y María estaban destinados a padecer; mas este dolor se convirtió en gozo al saber que los padecimientos de Jesús y María habían de ser seguidos de la salvación de innumerables almas.

– Por este dolor y gozo te rogamos que seamos del número de aquellos que, por los méritos de Jesús y de María, han de resucitar gloriosamente.

– Padrenuestro, Avemaría y Gloría

V/. Sé siempre, San José, nuestro protector.

R/. Que tu espíritu interior de paz, de silencio, de trabajo y oración, nos ayude, con María, la Madre de Jesús, a cumplir fielmente nuestra misión en la Iglesia.

V/. Ruega, por nosotros, San José.

R/. Para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Oremos:

Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José; concédenos, te rogamos, lo que fiados en su poderosa intercesión, humildemente, te pedimos. Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.


DOMINGO Quinto

V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

R/. Amén.

 

Mt 2, 13-15.

Cuando ellos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes.

– ¡Patriarca San José, Custodio y familiar íntimo del Hijo de Dios encarnado! Grande fue tu sufrimiento para alimentar y servir al Hijo del Altísimo, sobre todo en la huida a Egipto, pero también fue grande tu contento y alegría, de tener siempre en tu compañía al mismo Dios y ver cómo caían en tierra los ídolos de los egipcios.

 

– Por este dolor y gozo te rogamos que nos alcances la gracia de que, teniendo lejos de nosotros al enemigo, mediante la huida de las ocasiones, caiga de nuestro corazón todo ídolo de terrenas aficiones y, ocupados totalmente en el servicio de Jesús y de María, vivamos solamente para ellos y tengamos una muerte santa.

 

– Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

 

V/. Sé siempre, San José, nuestro protector.

R/. Que tu espíritu interior de paz, de silencio, de trabajo y oración, nos ayude, con María, la Madre de Jesús, a cumplir fielmente nuestra misión en la Iglesia.

V/. Ruega, por nosotros, San José.

R/. Para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Oremos:

Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José; concédenos, te rogamos, lo que fiados en su poderosa intercesión, humildemente, te pedimos. Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.


 

DOMINGO Sexto

 

V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

R/. Amén.

 

Mt 2, 19-23

Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo a José en Egipto y le dijo: “Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño”. Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea, y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.

 

– ¡Glorioso San José, que viste con admiración, sujeto a tus órdenes, al Rey del Cielo! tu gozo fue turbado al regresar de Egipto por el miedo a Arquelao, pero, al ser asegurado por el ángel, viviste tranquilo con Jesús y María en Nazaret.

– Por este dolor y gozo alcánzanos la gracia de vernos libres de temores nocivos, y gozando de la paz de conciencia, vivamos seguros con Jesús y María y muramos en su compañía.

– Padrenuestro, Avemaría y Gloría.

 

V/. Sé siempre, San José, nuestro protector.

R/. Que tu espíritu interior de paz, de silencio, de trabajo y oración, nos ayude, con María, la Madre de Jesús, a cumplir fielmente nuestra misión en la Iglesia.

V/. Ruega, por nosotros, San José.

R/. Para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Oremos:

Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José; concédenos, te rogamos, lo que fiados en su poderosa intercesión, humildemente, te pedimos. Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.


 

DOMINGO Séptimo

 

V/. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

R/. Amén.

Lc 2, 41-51

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo. Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Él les contestó: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”. Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.

Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón.

 – ¡Glorioso San José, ejemplar de toda santidad! Tu dolor fue grande al perder sin culpa al Niño Jesús, debiendo buscarle con gran pena por espacio de tres días; pero mayor fue tu gozo cuando al cabo de ellos, lo hallaste en el templo en medio de los Doctores.

– Por este dolor y gozo te suplicamos nos alcances la gracia de no perder jamás a Jesús por el pecado mortal; mas si, desgraciadamente, lo perdiésemos, que lo busquemos con gran dolor para vivir siempre en su amistad, hasta que contigo logremos gozar de El en la gloria y cantar allí eternamente sus misericordias.

– Padrenuestro, Avemaría y Gloría.

V/. Sé siempre, San José, nuestro protector.

R/. Que tu espíritu interior de paz, de silencio, de trabajo y oración, nos ayude, con María, la Madre de Jesús, a cumplir fielmente nuestra misión en la Iglesia.

V/. Ruega, por nosotros, San José.

R/. Para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Oración:

 

(El último domingo, oración a San José por los sacerdotes)

Oh glorioso patriarca San José, padre tutelar de nuestro Señor Jesucristo, en este día te pido por los sacerdotes.

Ayúdalos a imitar tu gran fe, tu castidad perfecta, tu entrega total al servicio de Dios sin mirar las consecuencias, tu humildad, tu trabajo constante, tu pobreza, tu obediencia, todas tus virtudes y tu «SI» heroico.

Ayúdalos a ser buenos sacerdotes a los ojos de Dios, ayúdalos en su soledad y en sus momentos de tentación. Acompáñalos en todos los momentos difíciles de su vida y en sus momentos de alegría también.

Defiéndelos de todos los que quieran hacerles algún daño físico o moral, como defendiste a Nuestro Señor Jesucristo, hasta que lleguen al reino de los cielos a gozar contigo para siempre de la presencia de Dios nuestro Padre. Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.